ISSN-L: 1698-6989
DOI: 10.33231/ihe

Princeton y Oxford: Princeton University Press, 2025, 507 pp. ISBN: 9780691255569
Thomas Kuhn, en su influyente obra sobre la estructura de las revoluciones científicas (Kuhn, 1962), postuló que las crisis son una condición previa y necesaria para el nacimiento de nuevas teorías. Resulta innegable que los grandes shocks, ya sean económicos, sociales, políticos o medioambientales, reorientan las agendas académicas y transforman la producción investigadora. En esta línea, estudios recientes (Galofré-Vilà y Gómez-Blanco, 2026) han mostrado que, tras la irrupción de la COVID-19, el volumen de estudios sobre salud y demografía prácticamente se duplicó en las cinco revistas de mayor impacto en Historia Económica, ascendiendo de un modesto 4% en las dos décadas previas a superar el 7% entre 2020 y 2024.
Bajo esta corriente de renovación historiográfica se inscribe la reciente monografía de Sheilagh Ogilvie, catedrática en la Universidad de Cambridge. En Controlling Contagion. Epidemics and Institutions from the Black Death to Covid, la autora despliega un ambicioso análisis de casi setecientos años de historia, desde la Peste Negra hasta nuestros días, examinando –a partir de una vasta literatura secundaria– las complejas interacciones entre crisis epidémicas e instituciones.
Conviene hacer una advertencia desde el inicio: quienes busquen un mero recorrido narrativo por las principales epidemias de la historia se van a sentir desconcertados. Este libro es algo más. Ogilvie aborda las epidemias no solo como fenómenos biológicos, sino como acontecimientos que ponen a prueba las estructuras organizativas de la sociedad, cuya evolución y consecuencias dependen en gran medida de su relación bidireccional con las instituciones. El núcleo del argumento radica en que el impacto de los contagios está condicionado por el funcionamiento y la interacción de cada epidemia con seis instituciones fundamentales: el mercado, el Estado, la comunidad local, la religión, las asociaciones y gremios de médicos, y la familia.
La obra adopta una estructura temática organizada en ocho capítulos. Tras una introducción que contextualiza los nexos históricos entre instituciones y patógenos, los capítulos centrales evalúan de forma sistemática cada una de las instituciones mencionadas. La obra concluye con un capítulo titulado, con acierto, «¿Existe una píldora mágica?», donde la autora sintetiza las fortalezas y debilidades que cada institución ha mostrado a lo largo de los siglos.
Fiel a su trayectoria en el análisis de los marcos institucionales y las sociedades preindustriales, Ogilvie huye de visiones simplistas y expone tanto los beneficios como las carencias de cada estructura. A lo largo de la obra emerge un patrón recurrente: la doble naturaleza de cada institución en relación con el control –o la propagación– de los microorganismos.
Así, en el segundo capítulo se muestra cómo los mercados, a través del comercio y la intensificación de contactos entre productores y consumidores, actúan como vectores de transmisión clave. Este efecto se ve agravado por la presencia de externalidades negativas –debidas a que solo una parte de los costes del contagio recae sobre quienes lo generan– y por la insuficiente provisión de bienes públicos, en especial la información. No obstante, estos factores adversos se ven contrarrestados por la contribución de los mercados al crecimiento económico, que facilita mejoras en higiene y alimentación y estimula las innovaciones en técnicas y productos sanitarios.
Los efectos ambivalentes se extienden al Estado en el tercer capítulo. Aunque dispone de instrumentos para corregir fallos del mercado, la autora señala cómo el aparato estatal ha priorizado históricamente la capacidad fiscal para la guerra, convirtiendo los conflictos bélicos en uno de los mayores propagadores de patógenos. De igual modo, las comunidades locales y la religión, analizadas en los capítulos cuarto y quinto, ofrecieron asistencia vital a los enfermos, pero también fomentaron la exclusión de minorías y facilitaron contagios mediante concentraciones multitudinarias o la difusión de noticias falsas, un fenómeno que, como evidenció la COVID-19, sigue siendo muy relevante.
Uno de los aportes más originales de la obra se halla en el análisis de las asociaciones médicas y la familia. Respecto a las primeras, Ogilvie cuestiona su papel histórico debido a prácticas monopolísticas que limitaron la oferta de profesionales y a una resistencia recurrente ante innovaciones sanitarias externas, como la prohibición de la variolización en Francia hasta 1768, promovida por la Facultad de Medicina de París (p. 336). Respecto a la familia, la autora resalta la ventaja epidemiológica del patrón matrimonial europeo (EMP en sus siglas en inglés) frente a las familias extensas, al asociarse con menores tasas de ataque secundario. Asimismo, pone en valor el papel central de las mujeres, las cuales desarrollaban y ejecutaban medidas preventivas esenciales –desde la higiene doméstica hasta la inmunización infantil– y muestra cómo la erosión de su autonomía, ya fuera por estructuras patriarcales o por la injerencia estatal y de asociaciones médicas, se tradujo en mayores niveles de mortalidad.
Llegados a este punto, resulta evidente que una de las principales virtudes del libro radica en su capacidad para integrar historia económica e institucional con epidemiología. La investigación disecciona desde diferentes ángulos el impacto de cada institución frente a las crisis sanitarias. Por el camino, además, desafía multitud de mitos, como la presunta superioridad de los regímenes autoritarios en la gestión de las crisis, la heroicidad del famoso pueblo de Eyam en la Inglaterra del siglo xvii o la idea de que un mayor poder estatal garantiza per se una mejor protección. A través de más de siete siglos de evidencia, la autora demuestra que estas premisas carecen de base histórica sólida.
Con todo, al igual que ocurre con otras grandes obras, la investigación no está exenta de limitaciones. La propia autora reconoce que su análisis se concentra principalmente en Europa y Oriente Medio, condicionado por la disponibilidad de fuentes históricas sólidas. Este sesgo geográfico plantea una cuestión adicional: ¿hasta qué punto las instituciones analizadas son plenamente extrapolables a contextos históricos y culturales distintos? Aunque Ogilvie intenta mitigar este problema mediante definiciones conceptuales amplias y mostrando la evolución interna de cada institución, persiste la duda sobre si la ambivalencia observada en los efectos responde, en parte, a la agrupación bajo una misma etiqueta de realidades históricas e institucionales extremadamente diferentes.
A pesar de estos matices, el trabajo de Ogilvie constituye una aportación fundamental. Más allá de su indudable valor histórico, el libro ofrece lecciones relevantes para la gestión de crisis sanitarias contemporáneas y, apartándose de los marcos tradicionales de la Nueva Economía Institucional, enriquece nuestro conocimiento sobre el papel de las instituciones en el desarrollo económico y social.
Para acabar, quizás algunos lectores interesados se estén preguntando si realmente existe una «píldora mágica» contra las epidemias. Spoiler: Sheilagh Ogilvie no encuentra dicha píldora en su libro, pero aquellos que se adentren en sus páginas hallarán claves sólidas para comprender por qué el riesgo de muerte epidémica se ha reducido radicalmente desde la Peste Negra hasta nuestros días.
Bibliografía
Kuhn, Thomas. 1962. La estructura de las revoluciones científicas. Chicago: University of Chicago Press.
Galofré-Vilà, Gregori; Gómez-Blanco, Víctor Manuel. 2026. Network Analysis in Economic History. En Maria Carmela Schisani, Giuseppe De Luca, Giancarlo Ragozini, Paolo Cimadomo (eds). Network Analysis for Economic, Business, and Financial History. Methodological Advances and Applications. Palgrave Studies in Economic History series, 107-142.