ISSN-L: 1698-6989
DOI: 10.33231/ihe

Barcelona, Arpa, 2025, 400 pp. ISBN 978-84-10313-84-2
Historiador de las ciencias, las técnicas y el medio ambiente, Jean-Baptiste Fressoz es investigador del CNRS, especializado en la historia del clima y de la energía, y una de las voces más influyentes en la renovación de la historia ambiental y energética europea. En Sin transición. Una nueva historia de la energía –libro premiado por The Economist, best seller en Francia y ahora traducido al castellano– se propone justamente lo que anuncia su subtítulo: elaborar una nueva historia de las fuentes de energía, capaz de estar a la altura de los retos climáticos contemporáneos.
Obviamente, y como los historiadores de la economía ya saben, no es posible a estas alturas elaborar una historia completamente nueva, y menos sobre un tema tan relevante, tan examinado por casi todos los grandes pensadores económicos como la energía. El propio Fressoz señala al comienzo de la obra un claro precedente de su visión, la obra de David Edgerton. Edgerton nos recordaba que la historia de la tecnología debe centrarse en las tecnologías en uso –a menudo viejas, banales y persistentes– más que en la innovación o en los momentos espectaculares, en los eurekas, de la invención y descubrimiento. En este punto, Fressoz traslada al campo de la energía una intuición muy cercana: la historia de las fuentes energéticas no debe ordenarse en torno al fulgor de lo nuevo, sino a la duradera, y a menudo silenciosa, expansión de los usos.
Fressoz acuerda con Edgerton que las épocas históricas no suelen definirse tanto por lo que existe más materialmente como por lo que se percibe como novedad. Justo eso sucede, argumenta, en la historia de la energía, que solemos narrar de forma esencialmente «fásica», es decir, como una sucesión de fases dominadas por una nueva materia prima: la era de la madera, la era del carbón, la era del petróleo, la era atómica… hasta llegar, en los discursos actuales, a la era de las energías renovables y a la supuesta «transición» desde energías generadoras de CO₂ a energías limpias. Esa forma de contar la historia, a la que Fressoz llama «fasismo» –porque ordena el pasado en grandes «eras de» cada material–, resulta seductora pero profundamente engañosa: selecciona unos pocos materiales emblemáticos, les atribuye hegemonías cronológicas claras y, sobre todo, da por descontado que unas fuentes sustituyen a otras en lugar de acumularse.
La tesis de Fressoz es a la vez sugerente e inquietante: la «transición energética» tal como se invoca hoy es, en buena medida, un espejismo narrativo. Nunca hemos transitado, en el sentido fuerte de dejar atrás una fuente de energía para pasar a otra; lo que ha ocurrido es más bien una acumulación de energías primarias que van creciendo juntas y apoyándose unas en las otras. Es más, nunca hemos transitado de verdad ni siquiera en el uso de las materias primas no-energéticas. Fressoz insiste en que prácticamente no existe ninguna fuente de energía o materia prima–con la sola excepción de la lana, según documenta– que sea hoy menos empleada que en el pasado: todas tienden a ser siempre más usadas, hasta límites vertiginosos y casi exponenciales. El carbón se consume hoy mucho más que en la llamada «era del carbón», y el petróleo que en la «era del petróleo»; durante la propia era del petróleo se utilizaba ya más carbón que en la época en la que, en retrospectiva, le atribuimos su reinado. La madera ofrece tal vez el ejemplo más llamativo: se usa ahora muchísimo más que cuando fue la principal fuente de energía de la humanidad, antes de las revoluciones industriales, y sigue aportando más energía que la fisión nuclear o que la suma de solar y eólica. Otro tanto puede decirse de la energía nuclear, hoy en auge, o de materias primas como el maíz, el trigo, el arroz, la soja o la carne, que no han dejado de aumentar. También el oro, la plata y el resto de los metales presentan trayectorias históricas de ampliación continuada.
Podría objetarse en este punto que Fressoz elabora sobre todo una historia global de la energía, y que solo en esa escala sus tesis cobran pleno sentido, al centrarse en el uso agregado y planetario de cada materia prima. Ciertamente, su argumento no sirve para explicar la trayectoria de determinadas fuentes energéticas o materias primas en el plano regional o local: en Europa, por ejemplo, el consumo directo de carbón ha decrecido a lo largo de las últimas décadas. Fressoz, sin embargo, se esfuerza por mostrar que incluso a escala regional conviene levantar la mirada y atender al uso más extenso de las materias primas, más allá de las fronteras nacionales, y denuncia el espejismo estadístico de atribuir «las emisiones de CO2 a los países productores de los bienes, y no a los consumidores» (p. 22), algo que permite a muchas economías ricas presentarse como «descarbonizadas» mientras externalizan la huella de carbono a Asia o al Sur global.
Esa sensibilidad por la imbricación material está ya anunciada en la propia arquitectura del libro. Tras una introducción programática –«Una historia simbiótica de la energía»–, donde formula la idea de acumulación energética como alternativa al relato fásico de las «eras», Fressoz pasa a exponer la paradoja contemporánea: tras dos siglos de supuestas transiciones, jamás hemos quemado tanto carbón, petróleo, gas y madera como hoy. Los primeros capítulos –«A la luz de las velas», «Timber palace» o «Enlaces de carbono»– desplazan la mirada hacia materiales aparentemente secundarios (velas, madera de ferrocarriles, ladrillos, acero, infraestructuras mineras) para mostrar hasta qué punto el auge de una energía reconfigura y, sobre todo, amplifica el consumo de otras.
En los capítulos intermedios y finales, el índice ya anuncia un giro más explícitamente político e intelectual: «Carbon fallacy», «Technocracy Inc.», «Atómicos maltusianos»… Ahí, Fressoz reconstruye las genealogías de la idea de transición energética como futurología, y muestra cómo la noción de transición, por ejemplo, se impone a partir de los años setenta como futuro oficial de gobiernos, empresas y expertos, al tiempo que sirve para desplazar o diferir decisiones difíciles, ya que en ese esquema intelectual bastaría acelerar la innovación y dejar que la historia repita sus supuestas transiciones pasadas, sin cambiar seriamente el régimen material del capitalismo.
Igual que en esta obra hay un precedente claro –la obra de Edgerton–, Fressoz localiza también un flanco crítico reconocible: el «evolucionismo schumpeteriano» y la poderosa imagen de la destrucción creativa, que ha estructurado durante décadas tanto la teoría económica como el imaginario público acerca del cambio tecnológico. Y, aunque es cierto que la retórica de la destrucción creativa se ha usado hasta la saciedad, resulta discutible que el libro logre desmontar por completo todo el evolucionismo schumpeteriano.
En cualquier caso, esta es una obra del interés de los historiadores, científicos sociales y, por supuesto, de interés para la ciudadanía en su conjunto. Lo es especialmente en un momento en el que el auge de las inteligencias artificiales y de las infraestructuras digitales se verá fuertemente condicionado por la disponibilidad de energía y de materiales, y en el que los retazos imperialistas de las grandes potencias vuelven a fijarse, una vez más, en los recursos naturales y las fuentes de energía: la tierra, los elementos, los metales, el componente físico de la tecnología, la materia, lo tangible.
Para quien esté dispuesto a tomar en serio este diagnóstico, el libro ofrecerá no tanto un consuelo cuanto un análisis lúcido y realista, una lectura imprescindible que desmonta la comodidad del relato fásico de la transición, y abre la posibilidad a pensar qué significaría de verdad desacoplar nuestras sociedades de los combustibles fósiles y de la expansión ilimitada de los materiales.