ISSN-L: 1698-6989
DOI: 10.33231/ihe

La nueva publicación de Chris Wickham, El asno y la nave, es una reinterpretación de la economía mediterránea en lo que define como «el largo siglo XI», y que en realidad abarca 230 años, comprendiendo prácticamente dos centurias y media que se reparten la transición de la Alta a la Baja Edad Media. Como es habitual en las monografías del autor, se trata de una propuesta monumental, que nace con ambición clara: desmontar la llamada «revolución comercial», concepto acuñado por el historiador de la economía belga-americano Raymond de Roover en 1942 y popularizado por el italiano Roberto S. Lopez en las décadas siguientes. Como es bien sabido, se trata de un paradigma por el que la economía mediterránea, bajo el liderazgo de la Europa meridional, encabezada particularmente por las ciudades italianas (Amalfi, Venecia, Génova, Pisa y Florencia, con todos los matices y cronologías diferenciados entre ellas), habría experimentado una fuerte expansión económica. La base habría sido un mercantilismo incipiente y un colonialismo primitivo de las áreas objeto de explotación económica –básicamente el Mediterráneo islámico–, en el aprovisionamiento de materias primas y la adquisición de manufacturas elaboradas. Semejante esquema habría sido posible gracias al desarrollo de instrumentos financieros decisivos, que dieron una ventaja técnica y cualitativa a las ciudades italianas a través del impulso proporcionado por sus flotas y mercaderes. En definitiva, la propuesta de Wickham desafía la gran narrativa aceptada –con matices– de manera indiscutida por la historiografía internacional desde hace más de medio siglo, a partir de un planteamiento indudablemente provocativo, que se puede incluso calificar abiertamente de pretensión revolucionaria. Como síntesis, el profesor Wickham propone adelantar el despegue de la economía mediterránea una centuria, del siglo XII al siglo XI, despojando de todo papel pionero a los centros italianos y otorgando todo el protagonismo al Mediterráneo islámico a través del foco en el Egipto fatimí.
La estructura del volumen está muy clara: hay un primer capítulo de carácter introductorio, con consideraciones metodológicas, al que siguen otros cinco, dedicados a cada uno de los casos de estudio escogidos, centrados en seis grandes áreas geoeconómicas (Egipto, Ifriqiya, Sicilia, Bizancio, al-Andalus y la Italia centro-septentrional), para cerrar con dos conclusivos, uno recopilatorio de todo lo expuesto y otro con valoraciones similares para periodos posteriores a los tratados en el libro. En cada capítulo de las áreas específicas sigue el mismo esquema. Así, tras abordar el análisis de la historiografía y las fuentes disponibles –de por sí, un ejercicio abrumador– pasa a desarrollar cuatro aspectos clave: en primer lugar, el papel de las construcciones políticas como actores económicos, esto es, la relación entre economía y «Estado» –entendido en un estadio pre-moderno–, pero sin que su grado de desarrollo tuviera reflejo obligado y equivalente en el grado de integración económica del territorio, ni viceversa. En segundo lugar, la relación entre la distribución del poblamiento y las redes de intercambio. En tercer lugar, la articulación de los intercambios entre espacios rurales y urbanos, con el foco en los centros de producción y demanda, que se identifican casi siempre con las ciudades. Por último, una vez establecidos los parámetros anteriores, el comercio propiamente dicho: los artículos que protagonizaban los intercambios, el volumen de circulación y los medios para el transporte, con la cerámica como indicador privilegiado de análisis.
Desde el punto de vista metodológico, no cabe duda de que lo más relevante de la propuesta es el papel fundamental otorgado a los datos arqueológicos por sí mismos, y no solo para subsanar lagunas documentales –inevitables en esta cronología–. A partir de ahí, busca hacerlos dialogar con las fuentes escritas, hasta donde es posible, teniendo en cuenta la disparidad de métodos de estudio y de resultados obtenidos, que a la postre no siempre hacen viable una interacción razonable entre ambos, y tampoco entre los espacios escogidos, con las consiguientes discordancias.
Con una clara impostación desde la historiografía marxista, no cabe duda de que otro de los puntos fuertes del planteamiento reside en el abandono de aproximaciones eurocéntricas, impregnadas inevitablemente de ecos colonialistas, a partir de un acercamiento al mar Mediterráneo que renuncia a su concepción unitaria –la que consagró Braudel– para incidir en los planteamientos actuales que entienden el Mare Nostrum como un conjunto de regiones con personalidad propia –más allá de los rasgos comunes– ligadas a la división político-confesional del medio entre las civilizaciones latina, bizantina y musulmana. El resultado es una síntesis interpretativa que pone patas arriba el cuadro general comúnmente aceptado y que parte del paradigma de considerar fundamental la demanda antes que la oferta, poniendo el foco en los bienes producidos en masa (grano, lino, cerámica y cuero) y no en los artículos considerados de lujo (especias, joyas, sedas), Así, concluye el mayor peso de la economía terrestre (el asno) sobre la marítima (la nave). Una arquitectura que converge, aparentemente, en términos macroeconómicos, pero que inevitablemente presenta importantes fracturas en términos micro y aun en el cuadro teórico, entre otras razones por la complejidad y las particularidades de cada área analizada. De hecho, el análisis detallado de cada región a la postre realza más la organización del trabajo y las estructuras económicas internas que las relaciones comerciales entre ellas, al punto que tal vez sea más oportuno hablar de ‘economías mediterráneas’, en plural, y no en singular: inevitablemente, la atención singular difumina la narrativa de conjunto.
En una obra tan monumental y compleja cada lector encontrará múltiples motivos de adhesión o rechazo. Para muestra, la polémica desatada en Italia a raíz de un ensayo crítico de Sergio Tognetti, muy sólido en sus objeciones científicas y metodológicas, que ha concitado la respuesta airada del autor en un monográfico en Reti Medievali Rivista, donde otros especialistas formulan críticas igualmente pertinentes, desde las áreas de conocimiento que integran el libro –los estudios árabes e islámicos, la arqueología o los estudios bizantinos–. Con todo, algunas limitaciones son claras, de extrapolar indicadores arqueológicos de áreas excavadas a la totalidad del yacimiento para llegar a conclusiones gruesas, como la importancia central del puerto fluvial de Comacchio en los intercambios entre Oriente y Occidente, a minimizar el papel del Estado en el crecimiento económico, sin valorar en profundidad los efectos de la política fiscal, por poner dos ejemplos palmarios. Además, la selección de seis macro-áreas, por importantes que fueran, inevitablemente fragmenta la imagen final de conjunto que se pretende ofrecer, así como las consideraciones sobre su integración.
Por último, afirmar que, de la misma manera que los planteamientos económicos generales de este largo siglo XI eran erróneos, probablemente haya que reescribir toda la historia económica que le sigue, desautorizando de un plumazo décadas de historiografía, solo se puede tomar como una boutade. Más aún: hay serias dudas de que vaya a lograr desacreditar el modelo de la «revolución comercial» por una cuestión básica: por pujante que fuera la economía de Egipto en el siglo XI, no tuvo los efectos globales y duraderos que sí acompañaron el impulso de las comunas italianas en el siglo XII. En definitiva, la erudición y la capacidad del autor son admirables e indiscutibles, pero, visto con perspectiva, quizá lo mejor del volumen no sea tanto la crítica que propone, como lo que está por venir: el debate científico que impulsa el conocimiento, obligando a verificar la validez de los modelos.